Muestra de trabajo · marca ficticia
Sistema de identidad para un centro de estética. De ocho fotografías y una hoja de marca salieron cinco aplicaciones listas para usar.
La clienta entra, se cambia, se recuesta y se va con las manos vacías. Por eso un manual de papelería no le sirve a este negocio: los soportes reales son la ropa que toca la piel y la pantalla donde se agenda.
El verde de la marca no está impreso en ningún lado. Es el uniforme, la banda del pelo, el tapizado de la sala. Aparece dentro de cada fotografía como un objeto más —y es lo que hace que las piezas se lean como el mismo lugar aunque el tratamiento cambie.
Un centro no factura una limpieza: factura cuatro. Si las piezas se ven como servicios sueltos, el sistema falla justo en lo que le importa al negocio. La continuidad se construye con lo que no cambia entre fotografías: la misma luz, la misma clienta, el mismo encuadre, la misma piel sin retocar.
Nadie mira una publicación sola: abre el perfil y ve nueve juntas. Ahí se decide si esto parece un centro con criterio o una cuenta que sube lo que consigue. El verde aparece en las nueve y siempre dentro de la escena, la luz es la misma, y la clienta se repite donde se ve el rostro: por eso la grilla se lee como un proceso.
El texto va dentro de la imagen y sin ninguna cortina encima: la fotografía se compone dejando el lugar donde después entra la palabra.
Es lo primero que una clienta necesita saber para decidir si entra hoy o pide otro día. Los tratamientos se agrupan por duración, y los que se suman a una sesión en curso están aparte.
Lo único que queda en el teléfono de la clienta es la conversación. Confirmar, recordar y proponer la siguiente cita se escriben con el mismo tono que la publicación: ahí se decide si vuelve, y eso no depende de la publicidad.
MANTO es una marca inventada para mostrar el sistema. No existe el centro, ni la dirección, ni las personas que aparecen en las fotografías.
El trabajo real se hace con las fotos, el nombre y los servicios de cada cliente.